Tuesday, November 26, 2024

ÉTICA Y PSICOANÁLISIS DEL LIBERALISMO

 

Contra la certeza de que el psicoanálisis es producto del pensamiento moderno y constituye un descubrimiento científico de la época contemporánea, hay que comenzar por una declaración por demostrar: quien afirma lo anterior no entiende lo que es el Psicoanálisis.

Comparado el traje ajustado del psicoanálisis con la extensión seca del saber antiguo, “se antoja estrecho y afectado por los usos, costumbres y caracteres que el análisis moderno no solo pretende explicar, sino más grave aún, curar” ¹. No obstante hay toda una deuda de gratitud que es menester reconocer en los trabajos pioneros de Sigmund Freud y posteriormente de Jaques Lacan, por el redescubrimiento entre el saber antiguo y el saber analítico moderno.

A través de ellos se puede llegar a saber que la Ética, es el nombre antiguo del Psicoanálisis. De Ética se trata la que se origina en el Liceo y específicamente la de su fundador Aristóteles, no la de Sócrates o Platón, ni la de Antístenes y mucho menos la estoica de Zenón, base de la moral romana y cristiana posterior.

Por eso es tan difícil para los analistas modernos entender las causas de la enfermedad que pretenden curar ¿Cómo descifrar este género patológico de vida que prevalece colectivamente, característico de la vida moderna? Es la pregunta que se formula Lacan en relación a los deseos y apetitos: son los de Edipo que de manera involuntaria, no por la fuerza sino debido a la ignorancia o si se prefiere, en razón de la fuerza de la ignorancia: el parricidio, la usurpación y el incesto. Es lo que Lacan llama metafóricamente, el cuerpo de los deseos sexuales, enfrentados por la doctrina y la técnica analítica freudiana.

¿Acaso no hay ningún problema ético en el homicidio, el robo y el adulterio? Clasificar estos apetitos como monstruosos o contra naturaleza es clasificarlos éticamente, bajo este género de vida inferior llamado bestialismo. Si no se discierne siquiera lo saludable de lo enfermo conforme a naturaleza, ¿cómo se pretende ser artífice de la salud humana?: Psicoanálisis moderno es síntoma de los síntomas padecidos por la enferma cultura contemporánea. 

“El asunto consiste en explicar los objetos naturales de aversión convertidos en objetos no menos naturales de atracción y deseo debido a los usos, costumbres y caracteres propios y fascinantes de la modernidad… ¿Cómo dar cuenta de que el homicidio (parricidio) el robo (usurpación) y el adulterio (incesto) hayan devenido a ser objetos culturales de apetencia no obstante que por naturaleza son de repugnancia?”¹


No hay que olvidar que el arte ético conserva su propia eficacia terapéutica, es el arte político: En todos los tiempos y lugares es al arte de la autoridad a la que le corresponde educar, producir usos y costumbres y caracteres excelentes, en los individuos y partes de una comunidad. La ética es una ciencia centrada en el análisis del placer y el dolor humanos,  conforme a los usos y costumbres del animal político. Son registros que implican por necesidad la salud o la enfermedad de las comunidades despiertas o activas, es decir políticas: la realeza, aristocracia y república y no en cambio en sus desviaciones pasionales o voluptuosas, dormidas, luego despóticas: la tiranía, plutocracia y la democracia.

Tratado con profusa belleza en todo Shakespeare, el derrumbe de los regímenes aristocráticos ha hecho que el mito de Sófocles sea el mito terapéutico por excelencia, lo cual implica que el rasgo sobresaliente de la civilización actual consiste en la alteración de los objetos naturales de aversión en objetos de apetencia culturales y los hábitos de la incontinencia y la intemperancia han logrado crear una suerte de segunda naturaleza patológica.

¿Cómo se adquirieron estos apetitos viles y violentos?, sino a través del regicidio intemperante  y la muerte de la autoridad paterna. Con la devastación del principio político del honor y su reemplazo por el principio que le es contrario, la insaciable codicia de riquezas externas; mediante la perversión de la verdadera libertad humana, rasgo invariable en los gobiernos republicanos,  por la pasión libertaria de las muchedumbres pobres en la que se apoyan y soportan las potencias oligárquicas mundiales hoy en día.

¿Acaso no es rasgo universal de la experiencia clínica, que esas diversas patologías del carácter tengan por causa original el quebranto y en caso extremo la devastación de la autoridad del padre? Son los hijos, hombres y mujeres de esta tragedia quienes viven expuestos radicalmente a caer en las garras de la vida patológica. Dicho de otro modo,  por regla general el daño que un padre puede ocasionar es inmensamente mayor al que se puede derivar de la madre, porque las fallas paternas cuentan con un espectro patógeno más destructivo que las maternas: si de mala madre no se sigue necesariamente malos hijos, en el otro caso casi siempre ocurre que de mal padre, hijos malos o cuando no peores ². 

La fábula del Edipo de Sófocles articula de manera jerárquica los tres objetos naturales de aversión, la cual otorga primacía al homicidio sobre el robo y estos sobre el adulterio: cuando Edipo asesina a Layo incurre a la vez en parricidio y en regicidio, cuando accede al trono vacante roba y usurpa y cuando desposa a la viuda Yocasta, según la tradición admitida en Tebas comete incesto adulterino. Sófocles ofrece un personaje que actúa de modo ignorante y de manera involuntaria porque Edipo desconoce que Layo es su padre, el biológico, no menos desconoce que el lecho que comparte con Yocasta, son los de su padre y madre.


Pero es John Locke el ideólogo inaugural y padrastro del liberalismo moderno, quien justifica la revolución aristocrática inglesa y el regicidio de Carlos I, simplemente al extender en adelante la fuente de autoridad paterna a la madre y afirmar que es mejor llamar  “parental relation”, eliminando la palabra padre, fuente de autoridad, principio y origen.  En este caso el origen de la paternidad la concede este parricida a su padre muerto, su dios capitalista, el dinero, estéril, pero productor de fortunas. Los gringos que juran ante dios todo acto público y político van más allá, al imprimir en su moneda “in God we trust”, transliteración analítica de “the trust is our God” ³.  

Conclusiones: Mientras los pueblos conservan un género de vida político bajo cualquiera de sus especies, ya regia, aristocrática o republicana, al no haber patologías en las comunidades regidas por estos tres gobiernos paternales,  la enfermedad en el registro ético tiende a ser la excepción, nunca la regla.

Pero una vez que las comunidades políticas dejan de serlo y se transforman en sociedades animales –bien tiránica, bien plutocrática, bien democrática- entonces la forma de vida patológica se transmite al registro ético haciendo de la intemperancia, la incontinencia y la continencia las reglas antes que excepciones.


¹ Patricio Marcos. Psicoanálisis Antiguo y Moderno. Editorial Siglo XXI, 1993
² Pienso en Julio Scherer García, José Pagés Llergo, Jesús Reyes Heroles, y sus hijos María, Beatriz y Jesús Jr.
³ Juego de palabras que se traduce como “en dios confiamos (trust)-”… a “el negocio (trust) es nuestro dios”

FE DE ERRATAS: El ensayo que se publicó en el número anterior de Liberal Mexicano hubo una serie de errores  normales, en un proyecto que comienza. Para el que esté interesado en releer correctamente el trabajo, dejó esta liga: https://temascaltepec.blogspot.com/2024/11/el-fantasma-del-liberalismo.html

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Sunday, November 17, 2024

EL FANTASMA DEL LIBERALISMO

 

EL FANTASMA DEL LIBERALISMO

Saludo con gusto al público lector de “El Liberal Mexicano”, al que invito al debate en torno a la naturaleza y papel de las ideas, palabras y conceptos, con los que construimos una historia diferente que contar, una forma de vida propia, identidad, valores y virtudes de un México en el umbral de la Cuarta Transformación.

Increíblemente, el séptimo arte había sido  zona vedada, para una de las obras más famosas de William Shakespeare. Se han filmado películas basadas en las tragedias de Hamlet, Otelo y no hay que olvidar que un musical clásico llevado a la pantalla, se basó en el amor entre una Capuleto y un Montesco, sobre el odio mortal que se profesaban ambas familias, para dar escenario al duelo entre los rockets y los sharks, en la famosa West Side Story: la tragedia shakesperiana de Romeo y Julieta, en NY. ¿Entonces, porqué es hasta el Siglo XXI, cuando se filma la primera versión de El mercader de Venecia en el cine hollywoodense y mundial?

Es muy probable, que la respuesta a esta pregunta se encuentre contenida en la trama de la misma obra, en la naturaleza de los personajes y en el desenlace al que el mismo William Shakespeare (le decían Bardo, como en España le llamaban Juglares, a los poetas trashumantes) recurre al escribirla en el siglo XV: porque más que una obra literaria, El mercader de Venecia es una profecía política, una crítica demoledora contra el Ancient regime y una metáfora trágica, que se anticipó a la Glorius Revolution, llamada así por los cronistas de la pérfida Albión, que entronizó el nuevo orden social, económico y político, que a partir de entonces será denominado Liberalismo, otros le apostrofan Capitalismo, al que hoy lo apoda el nuevo orden imperante Neo-Liberalismo, y al que los fundadores de este sistema político de naturaleza y principios oligárquicos, tan geniales como Shakespeare en las metáforas y en las metonimias, lo nombró Commonwealth. Nosotros le llamaremos, en México: El Fantasma del Liberalismo.

El mercader de Venecia no es solo un testimonio histórico de Inglaterra,  sino profecía y negro augurio del futuro de la emergente potencia británica para los siglos XVII y XVIII, lanzada a empresas mercantiles y de colonización, sobre el basamento echado por los últimos miembros de la dinastía de los Tudor, Enrique VIII, y la Reina Isabel I.

Cabe señalar que a pesar de la fama que llegó a tener el poeta isabelino por excelencia, no tuvo en su tiempo mayor influencia. Pocos pudieron enterarse que la obra de Shakespeare se anticipaba a un giro político inesperado, el viraje oligárquico contra el viejo régimen aristocrático presidido por la soberanía del monarca. Nadie se imaginó el parricidio del Rey Carlos I a manos del Parlamento, que ordenó su decapitación, ni tampoco el tránsito, así sea breve, de un gobierno republicano presidido por Oliverio Cromwell, que llevaría a cambios radicales en el ejercicio del gobierno, la soberanía del Estado, el poder político y la nueva figura del Rey que, a partir de entonces, Reina pero  no Gobierna.

El mercader de Venecia es ante todo una fantasía política, premonición del liberalismo moderno. Testimonio histórico de  la batalla librada contra la vieja virtud de la liberalidad aristocrática: la de la riqueza contra el honor. De la usura y la ganancia del burgués, contra el antiguo y destronado hombre liberal. Antes que un intento por justificar una nueva doctrina de libertad para la humanidad, el liberalismo fue el triunfo del enriquecimiento privado frente a los derechos patrimoniales de las coronas española y británica respectivamente. El mercader de Venecia es una obra que aparece concebida para ilustrar la vacilación entre el mundo aristocrático y el emergente mundo burgués; entre la economía feudal de la nobleza del Medioevo y la nueva economía mercantil, disparada por la ambición y la codicia propias de la época moderna.

Shakespeare confronta dos principios políticos de gobierno: el del honor con el de la ganancia. Principios que corresponden, a su vez, a dos formas de gobierno o más bien, a dos tipos de constituciones políticas, antagónicas la una de la otra.  La primera es una forma de gobierno justa y virtuosa: es la Aristocracia; mientras que la segunda constitución es perversa, perdida en el extremo por tomar en exceso y no soltar nada a cambio: es la Oligarquía o eufemísticamente denominada en la actualidad como “Democracia representativa”

Principios políticos y formas constitucionales que serán encarnadas en personajes teatrales: Antonio, nombre de resonancias romanas y latinas, representará los valores del honor, la amistad, la liberalidad, la virtud y la justicia. Por el contrario, Shylock asumirá los vicios de la nueva época del liberalismo: las relaciones de interés, avaricia, el vicio de la corrupción del lucro y la injusticia. Shylock no invoca ninguna nacionalidad sino al mundo entero, peregrino errante de su clan, sometido a la religión del dinero y la codicia. Es el judío que revela extrañas semejanzas con el hombre surgido de la Inglaterra isabelina: anticatólico, hereje, antipapista,  severamente justiciero y moral en el reclamo de sus derechos y garantías.

¿De qué lado está Shakespeare? ¿Del de Antonio, el cristiano aristócrata mediterráneo, o de Shylock el usurero, especulador, poseso de un desmedido amor por la riqueza, confundido y amalgamado al dinero que idolatra y del que es esclavo?... Hay que esperar hasta el final de la comedia, un happy end magistralmente truqueado, para así salvar su propio pellejo, el del mismo Shakespeare, al inmiscuirse en el entramado de las disputas políticas, de la vieja aristocracia inglesa con la emergente burguesía citadina.

Un final que solo la intervención de la bella Porcia altera, transfigurada en varón docto y justo, que viene a revertir la acusación: de Antonio como víctima, indefensa y sumisa al peso implacable del acusador, Shylock, el victimario, a la relación inversa: La sentencia es que Shylock tome la libra exigida, pero solo de carne como se estipuló a la letra, sin derramar una gota de sangre. Mediante esta astucia, las amenazas que el judío hace sobre el comercio exterior de Venecia, se evaporan gracias al ingenio del autor, quien con magistral golpe escénico, el tribunal de justicia veneciano resurge por la intervención decidida de Porcia, la mujer amada, en beneficio de la aristocracia republicana.

En efecto, el final de El mercader de Venecia ha de ser considerado y justipreciado tal y como está escrito. Es el triunfo que su autor declara ahí: el de la aristocracia sobre la oligarquía, la monarquía sobre el gobierno parlamentario. Un triunfo que si algo tiene de característico es la ambigüedad. Es la victoria de los tories realistas, monarcómanos, sobre los whigs, un partido que encarna al judío Shylock: un partido usurero, especulativo que impondrá la hegemonía del dinero como medio de ganancia, hecho de nuevos terratenientes, pero sobre todo de comerciantes y financieros de la City, capaz de matar, ya no solo a su propia madre, sino como Shylock, a la autoridad y poder paternos, por su inextricable amor a la riqueza. Shakespeare prefigura, antes y mejor que cualquier historiador o político, el ambivalente triunfo de la vieja nobleza sobre los valores, que la burguesía financiera y mercantil inglesa imprimirá al hombre liberal.






LA MENTIRA

  “Un periodo de diez años es sobrado para educar a una generación…   Y bastante para pervertir a un pueblo” Emilio Rabasa Roxana a...