LA EDUCACIÓN EN EL SUR DE MÉXICO

Hay que imaginar: asistir a una función de teatro y ver el escenario en condiciones deplorables, la iluminación deficiente, las butacas sucias, rotas; la música desafinada, el telón desgarrado y parchado, los actores olvidando sus diálogos, con pausas y silencios. La entrada, por supuesto gratuita, no justifica el lamentable espectáculo. Sin embargo imaginemos a un público que aplaude y comenta entre sí: “que buena obra de teatro estamos viendo”
Esta podría ser la situación que presenta la educación pública en el sur del estado de México. Veo y escucho con pesar, que no obstante las notorias carencias y la falta de capacidad en general para atender la educación de los alumnos inscritos, existe una opinión que acepta, justifica y defiende los estudios que se imparten en todos los niveles, con argumentos que en ocasiones son irracionales, en otros, recelosos, pero básicamente necios.
Basta investigar un poco para poder comprobar que los estudiantes, no saben estudiar, no leen y consecuentemente no saben leer. No existen en las primarias, secundarias y niveles medio superior y superior, la infraestructura necesaria y suficiente para que la preparación de los alumnos responda a los requerimientos del mundo actual. No hay el personal docente calificado, entusiasta y decidido a entregar su vida, para que la formación que se imparte en las aulas escolares, no convierta a la juventud estudiosa, en una suerte típica de profesionista-empleado mediocre-frustrado.
En cambio, se privilegia la competencia por las calificaciones a base de puntos obtenidos en una kafkaiana medición, donde coser los cuadernos, forrarlos de tal color o marchar en los desfiles, serán los parámetros para determinar quien es el mejor alumno. Esta calificación no se limita a la instrucción primaria, sino que en la secundaria y preparatoria, continúa de la misma manera.
Por esto, ni siquiera vale la pena comentar sobre la ausencia de espíritu de competencia: es un término desterrado del modelo educativo público. Y con esto, otra de las grandes carencias de la educación pública, es la prácticamente inexistencia de actividades deportivas. Solo se recuerda esta indispensable actividad, cuando es necesario cumplir con el protocolo que manda la Secretaria de Educación.
La cantidad de hechos que pintan a la educación es muy grande. La solución es compleja. Maestros que solo son empleados, planes de estudio deliberadamente organizados para contener los ímpetus estudiantiles, atraso tecnológico; el lastre de un sindicato que aplasta y asfixia cualquier viento de cambio. Directores de escuelas que se conforman con empleados, no catedráticos, que no constituyan una amenaza a los feudos que detentan.
Pero también es muy grave la escasa participación de los padres de familias quienes, a su modo, consideran que lo que ofrecen las distintas escuelas es bueno y suficiente. A pesar que sus hijos realizan sus trabajos, sus investigaciones, siempre recurriendo a las simples monografías que venden en la papelería, o peor a las groseras antologías que obliga la universidad estatal; a pesar de ver que los años invertidos en el estudio no se traducen en una vida mejor para ellos.
Como las soluciones no son fáciles, ni mágicas, empezaría por proponer la necesidad de un espíritu critico, un análisis diferente de un problema que se agrava en la medida que crece la población que demanda educación. Hace falta un espíritu inspirado en Voltaire, a quien se le puede reconocer como el inventor del intelectual moderno: un oficio que toma algo del agitador político, bastante del profeta y no poco del director espiritual. Maestros quienes estén en disposición de ejercer con la educación, un poder benéfico y curativo, que pueda aliviar del poder despótico de los gobernantes y del poder oscurantista de los clérigos.

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