MEJOR, EL GABO

Tiempos de frustración y ansiedad. Espacios apenas imaginados para ajedrecistas curtidos en las combinaciones estratégicas profundas, con las tácticas filosas. Terreno de los engaños y gambitos, de los enroques y posicionamientos. Para que nadie se de cuenta de lo que pasa frente a sus narices, para asumir lo inaceptable, apurados en las desesperanzas de las deudas y el trabajo, de todo, de todos.
En la vorágine destructiva de lo mejor por lo peor. En la premura convenenciera de la avalancha comercializadora, que a todo le pone precio y venta. Los cambios regresivos edulcorados por los nuevos déspotas sociales de la comunicación, con parrafadas tales como “cambios estructurales”, “modernidad”, “libertad de mercados”, solo esconden el sinsentido de la malignidad, insidia, discordia y perversión del México, que a pesar de todo aún vive en cada uno de los que así lo creemos.
En medio de la revolución social que nadie se atreve a declarar, a nombrar, a entender. Guerra civil con muertos y heridos, sin declaración de estado, sin definición política. Y acaso el plantón, tan vilipendiado por los comodinos y ganadores, aún del mismo signo, de Andrés Manuel López Obrador, ha sido el primero y hasta ahora el único acto de resistencia en contra de la embestida frontal de los grandes capitales unidos.
Por eso ni susto ni congoja, más aún parece un asunto de orgullo nacional, la estupidez absoluta, saber que Carlos Slim Helú ya es el tercero entre los multimillonarios en el mundo, con una fortuna cifrada hasta hoy en 49 mil millones de dólares.
Pero seguir pagando puntualmente el teléfono que ahora carga las llamadas celulares, y el Internet caro y fraudulento y las tarjetas de todo aquel que se ilusiona entrado en la modernidad por cargar en la bolsa un teléfono consumidor. Si López Portillo gritó que México nadaba en un mar de petróleo y con ello condenó el mercado a las ambiciones especulativas del mundo. Slim guarda silencio ahogado en el multimillonario mar de la telefonía exclusiva a sus designios.
Y el escenario esta dispuesto. En el tablero ya no más la presencia soberana del Rey, derrotado por sus mismos peones, alfiles, torres y caballos, pero sobretodo por los jaques perpetuos de la reina venenosa y rapaz, que le convirtió en un vulgar mandilón.
Por eso, ahora yo me refugio en el único oasis que vislumbro, el pretexto sobrado del octogenario aniversario de Gabriel García Marques. El Otoño del Patriarca no es excusa para que este General si tenga quien le escriba. Alertados de las asechanzas de las malvadas abuelas que perturban a todas las Cándidas Erendiras, no queda tiempo para Amar en los tiempos del Cólera, el que seguramente toda la murga que nos desgobierna habrá de relacionar con el enojo y el coraje, sin saber, sin conocer, la belleza amatoria, al final de los tiempos, cruzando en barcaza un rió, el triunfo del amor de Fermina Daza y de Florentino Garmendiz. Asépticos a la cruel enfermedad de la pobreza que nos acecha. Por supuesto que para el Gabo nunca Cien años de Soledad, sino todo lo contrario.

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