LA EDUCACIÓN EN TEJUPILCO (RELOADED)

Las declaraciones de la líder del magisterio, Elba Esther Gordillo, abrazada del Gobernador del Estado de México Enrique Peña Nieto, prometiendo salarios únicos para los maestros, por encima, afirmo de todos los profesionistas, y ruborizándose, como ninfa colegiala, aceptar que ella no sabe hablar inglés, me lleva a recordar la misma opinión que sostengo, desde que llegue a esta región, hace muchos años, sobre la educación pública en el Estado de México.
Hay que imaginar: asistir a una función de teatro y ver el escenario en condiciones deplorables, la iluminación deficiente, las butacas sucias, rotas; la música desafinada, el telón desgarrado y parchado, los actores olvidando sus diálogos, con pausas y silencios. La entrada, por supuesto gratuita, no justifica el lamentable espectáculo. Sin embargo imaginemos a un público que aplaude y comenta entre sí: “que buena obra de teatro estamos viendo”
Veo y escucho con pesar, que no obstante las notorias carencias y la falta de capacidad en general para atender la educación de los alumnos inscritos, existe una opinión que acepta, justifica y defiende los estudios que se imparten en todos los niveles, con argumentos que en ocasiones son irracionales, en otros, recelosos, pero básicamente necios.
Basta platicar, ver un poco, para comprobar que los estudiantes, no saben pensar, no están preparados para preguntar y además no saben leer. No existen en el sistema educativo, la infraestructura necesaria y suficiente para que la preparación de los alumnos responda a los requerimientos del mundo actual. No hay el personal docente, decentemente calificado, entusiasta y decidido a entregar su vida, para que la formación que se imparte en las aulas escolares, no convierta a la juventud estudiosa, en una suerte típica de profesionista-empleado mediocre-frustrado. Los maestros se la pasan cumpliendo con los programas que les imponen, y ya.
En cambio, se privilegia la competencia por las calificaciones a base de puntos obtenidos en una kafkaiana medición, donde coser los cuadernos, forrarlos de tal color o marchar en los desfiles, serán los parámetros para determinar quién es el mejor alumno. Esta calificación no se limita a la instrucción primaria, sino que en la secundaria y preparatoria, continúa de la misma manera.
Ni siquiera vale la pena comentar sobre la ausencia de espíritu de competencia: es un término desterrado del modelo educativo público. Otra de las grandes carencias de la educación pública, es la inexistencia de actividades deportivas. Solo se recuerda esta indispensable actividad, cuando es necesario cumplir con el protocolo que manda la Secretaria de Educación.
La cantidad de hechos que pintan esta mala educación es muy grande. La solución es compleja. Maestros que solo son empleados; planes de estudio deliberadamente organizados para contener los ímpetus estudiantiles; atraso tecnológico; el lastre de un sindicato que aplasta y asfixia cualquier viento de cambio; directores de escuelas que solo se conforman con empleados, quienes no constituyan una amenaza, a los feudos que detentan; maestros que no predican con el ejemplo.
Muy grave la escasa participación de los padres de familias quienes, a su modo, consideran que lo que ofrecen las distintas escuelas es bueno y suficiente. A pesar que sus hijos realizan sus trabajos, sus investigaciones, siempre recurriendo a las simples monografías que venden en la papelería, o peor con las groseras antologías que obligan las instituciones superiores; a pesar de ver que los años invertidos en el estudio no se traducen en una vida mejor para ellos.
Como las soluciones no son fáciles, ni mágicas, empezaría por proponer la necesidad de un espíritu crítico, un análisis diferente de un problema que se agrava en la medida que crece la población que demanda educación. Parafraseando a Fernando Savater, diré que hace falta un espíritu inspirado en Voltaire, a quien se le puede reconocer como el inventor del intelectual moderno: un oficio que toma algo del agitador político, bastante del profeta y no poco del director espiritual. Maestros quienes estén en disposición de ejercer con la educación, un poder benéfico y curativo, que pueda aliviar del poder despótico de los gobernantes y del poder oscurantista de los clérigos.

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