ES UNA NIÑA

Llegue hace 20 años a vivir a esta región de mi país, huyendo de una ciudad capital literalmente destrozada. Las secuelas del terremoto de 1985 habían acabado con la infraestructura, los malos gobiernos arrasaron con personalidad, identidad, paciencia, gusto y el placer de vivir en la otrora Ciudad de los Palacios. Se avecinaban tiempos peores, los que ahora se padecen en todo el país. El gobierno federal estaba ya infestado de retrogradas que en vez de títulos nobiliarios, mostraban diplomas de universidades extranjeras. A zancadas se modificaba el compromiso y la responsabilidad social del Estado Mexicano, por el pragmatismo y la entrega de recursos e instituciones públicas. México dejaba de ser una República Federal, justa y fuerte para transitar a una Democracia frágil y débil. Un vuelco total en la escala de valores y metas.
En mi nueva vecindad, encontré formas de ver la vida radicalmente diferente a las que aprendí desde mi niñez, quizás, una de las experiencias que mas me sorprendió fue el día que me avisaron que una empleada que laboraba en mi negocio de ese entonces, iba a ser “robada”. No pude contener la risa al saberlo. Resultaba inverosímil la historia, porque en el seno en que fui educado nunca vi pasar algo similar.
El enamoramiento era cuestión de grados, encuentros, formas y pasos medidos. Del encantamiento inicial, se pasaba al lance aventurado, la confesión de los amores, pero era costumbre recalar en la presentación familiar. El amor era entonces aprobado por la familia tradicional y de allí, pues podría venir la formalización, el matrimonio y los hijos. Así se fundaban las familias de bien.
Sin embargo al día siguiente la empleada no apareció. Fuera de mí, me apersone en el domicilio del amante bandido y la escena no la he podido olvidar: una matrona mal encarada, obesa y alta casi me saca a empellones, por intervenir en algo que no me incumbía. La chica –que era depositada para su empleo y crianza conmigo- apenas y levantaba la cabeza. El padre del bandido de amores, razono conmigo de la siguiente manera: “mire, en realidad no ha pasado nada malo, pero tratamos de convencerla toda la noche –a la muchacha- hasta que ella cayo en cuenta que nadie iba a creer que tras pasar tanto tiempo en casa de su enamorado, continuaría siendo señorita y pues mejor acepto quedarse”. Por supuesto que no daré los nombres, ya es cosa del pasado, pero aquella empleada activa y risueña de 16 o 17 años, hoy es una mujer amargada, avejentada y frustrada.
Pero este anécdota que forma parte de mi Confieso que he Vivido, como titula Pablo Neruda una de sus obras inolvidables, hoy se vuelve una realidad que lacera, indigna y estruja. Me acabo de enterar que la hija de un buen amigo que endulza todas las tardes Tejupilco y Temascaltepec, de tan solo 14 años ha sido “robada” por un cobarde que le dobla la edad. Una niña que conocí desde muy chiquita, cuando acompañaba a su Abuela a mi tienda se encuentra hasta el momento desaparecida: rapto, secuestro, corrupción de menores, violación y estupro son los cargos que enfrenta quien perpetró semejante ruindad.
Y aunque existen actas y notificaciones y toda esa tramitología viciosa, nadie hace nada, porque la sociedad se encargará de justificar semejante acto, porque las familias defenderán al truhán y porque las autoridades no contemplan la aplicación inmediata de la justicia en contra de mujeres victimas del carácter machista, misógino y vergonzoso del México conservador e hipócrita. Precisamente, en los días que se recuerda este mal fario en contra de las mujeres mexicanas.

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