JULIO SCHERER GARCIA: MI PADRE


Pasé 24 horas en vela, leyendo todo lo que se ha publicado con relación a la muerte de Julio Scherer. Tomé notas, subrayé, fiché, busqué datos complementarios, revisé fechas, portadas, imágenes, escribí muchas cuartillas con anécdotas, entrevistas, frases célebres. He consultado todos los medios impresos nacionales y los más importantes internacionales. Me he dado cuenta de dos cosas: que hasta en la hora de su muerte, el Maestro, me apuró a hacer periodismo, y otra mayor, descubrí que soy un discípulo “pura sangre” de Julio Scherer.
Al fin entiendo que ser acucioso, exquisito, enérgico, mal hablado, estricto, incorruptible, vehemente, “echado pa’delante”, puntilloso, duro de matar –en la argumentación y no onda Bruce Willis- honesto, intocable, obsesivo, solitario, tienen, en mi, un principio. He vencido una y otra vez las trampas de las burocracias nativas, construyendo mi Proceso personal. He aprendido que la razón recta se impone a la mentira contumaz, la hipocresía y la traición. La lógica siempre triunfa sobre la falacia y el sofisma.
Las Cartas Sureñas aspiran ser, en el sur del estado de México, lo que Proceso es a la República Mexicana, pero no me había dado cuenta hasta que me topo con la ausencia final, del mentor y ejemplo. He abierto otras trincheras culturales, la más benéfica, personal y socialmente es la Librería La WeB ó N@D@, en cambio, la más alejada de la conciencia del Maestro, es mi participación en el Canal 28 de televisión regional, porque franqueo el principio en que se apoya el periodismo, el vértice y el equilibrio, la no exposición del periodista.
¡Ojala algún amigo me convenciera! como hizo Julio Scherer con Carlos Monsiváis, a quien le reprochaba su participación –“púlpito virtual”- en el noticiero de Joaquín López Dóriga “eso no es para ti” le dijo al autor de “Por mi madre bohemios”: pero un Amigo, Maestro, Padre de esta naturaleza… ya casi no existen.
He repasado una y otra vez, todas y cada una de las memorias que existen dentro de mí: en el Excélsior de Julio Scherer, el cartón que publicó Abel Quezada todo de negro, cuyo título pregunta ¿por qué?, el 3 de octubre de 1968; la “La Fiesta del Alarido” de Manuel Seyde, las portadas de Proceso del “El hermano incomodo”, “Historia de una anulación sospechosa” o la confesión “La verdad es que no me gusta leer” que marcaron de por vida a Raúl Salinas, Martha Sahagún y Peña Nieto.
He sacado de sus anaqueles algo así como 300 revistas Proceso que guardo celosamente como un tesoro personal y he anunciado en las redes sociales que estarán a disposición de quien quiera consultarlas, de manera gratuita, por el tiempo que sea necesario… No puedo olvidar la renuncia de Octavio Paz a la embajada de la India, en protesta por la matanza del 2 de octubre de 1968 y su unión al periódico Excélsior, para fundar la revista Plural: “Aceptamos con una condición: libertad. Scherer aceptó como los buenos y jamás nos pidió suprimir una línea o agregar una coma. Actitud ejemplar, sobre todo si se recuerda que más de una vez los puntos de vista de Plural no coincidieron con los de Excélsior”, escribió el Nobel mexicano.
He repasado momento a momento los incidentes, personajes, contexto nacional e internacional, las palabras y declaraciones de la vida de Julio Scherer, entre 1968 y el día de hoy... “Vicente, Vicente”, fue el título que apareció en la revista Proceso del 6 de diciembre pasado: “Escuché a Vicente Leñero por teléfono, la voz lenta, húmeda: Llegó nuestro tiempo, Julio. Tengo un tumor en el pulmón. Cáncer. Los médicos me dan dos años de vida”… Solo duró 35 días la distancia: Leñero murió el 3 de diciembre y Julio el 7 de enero…
He revisado las condolencias de Enrique Krauze, Paco Ignacio Taibo II y de Benito Taibo, de Ángeles Mastretta, Denise Dresser, Blanche Petrich, Anne Marie Merger de Luis Villoro: “el más grande periodista del siglo XX en México”… "El primer periodista al que admiré a los veinte años… el único director valiente de un diario nacional"… “fundador de la prensa insumisa”… "siempre buscó alternativas a la narrativa oficial: informes, datos, testimonios que no estaban en el resto de los medios. Perdemos a un gran investigador, a un gran interlocutor del poder, a un gran escritor”… "Es el inaugurador, después del periodismo revolucionario de El hijo del ahuizote y los Flores Magón. Yo creo que el periodismo estuvo en un clima de letargo durante muchos años, hasta que Scherer y su equipo comenzaron a hacer un periodismo combativo, de calle"… “dedicó su inteligencia y perspicacia a formar un nuevo tipo de reporteros e hizo del periodismo un servicio público. Su carisma y altura moral conjuntaron a los mejores talentos del periodismo y atrajeron a la arena pública a un grupo selecto de escritores, intelectuales, dibujantes, fotógrafos y pensadores con quienes diseñó un periodismo coral, incisivo y democrático”.
El rector de la UNAM, José Narro, lo describió como “un hombre lejos del poder, distante del poder, que nunca lo ambicionó en ninguna de sus formas y que lo único que tuvo fue el poder de la palabra, el poder de la inteligencia, el poder de su verdad que defendió permanentemente a capa cabal”.

Vibré sentidamente al ver una imagen de Carmen Aristegui, notabilísima discípula del Maestro distante, enjugando sus ojos, con la tristeza traspasada en ella, lo mismo que de indignación al observar la imagen y leer sobre la prepotencia de Carlos Marín, quien desde su agujero milenario se arropa medallas ajenas en la hora de la entronización al cenáculo de la inmortalidad, de quien ante todo y sobre todo, fue un buen Padre de Familia
Sentí profundamente el dolor de las palabras de Cristina Pacheco, renegando de un año que se llevó a su esposo José Emilio al despuntar el año fatídico y a Vicente Leñero al cerrar el calendario fatal… dice Cristina “lo que pasa es que todos queríamos que se fuera el 2014 porque fue de una crueldad tremenda en cuanto a todas las personas que nos arrebató. Y resulta que este año comienza llevándose a Don Julio Scherer García” y recuerda con nostalgia doliente como “llegó a venir a menudo (Scherer) a nuestra casa con mi esposo José Emilio y yo hace ya bastante tiempo, cuando se hicieron aquí las reuniones para fundar el semanario Proceso, eran reuniones muy gratas donde nos pasábamos la noche y era encantador oírlo, ¡con qué energía y con qué entusiasmo hablaba del proyecto de fundar la revista Proceso!”… “¿Recuerdas aquella gran subasta para allegar fondos y juntar dinero para dar nacimiento a Proceso? ¡Fue algo fantástico!”.
En este velatorio virtual en que me he encerrado a reflexionar, escribir, informarme, he destilado sonrisas de desprecio e ironía al conocer el “más sentido pésame” por la defunción del que consideró un “ícono del periodismo de nuestro país” dado a conocer por Eruviel Ávila, quien apenas en marzo del año pasado secuestró la edición 1950 de Proceso en el peor de los estilos del PRI, lanzando a la compra de todos los ejemplares, a sus huestes magisteriales.  Leí también el tuit de Peña Nieto y no merece ni siquiera la pena de un comentario.
He repasado una y otra vez, algunas de las enseñanzas fundamentales, el legado que hereda, decía Scherer: “La cirugía y el periodismo remueven lo que encuentran. El periodismo ha de ser exacto, como el bisturí. Si algo me apasiona es el periodismo sin imaginación, el toque de la realidad como es. En nuestra profesión nada supera al dato estricto y a la palabra exacta”… la importancia de que “los reporteros deben escribir libros, escaparate para su talento…”
He revisado los antecedentes, su origen familiar, el año de su nacimiento, los Padres del Maestro, pero de todo lo que he podido revisar, recordar, saber, lo que más profundamente me ha estremecido, conmovido hasta el tuétano, sacado lagrimas de las piedras en que se han convertido mis propios ojos, es la Carta publicada por la hija menor del Maestro Julio Scherer Garcia, la también periodista María Scherer Ibarra, de la que he extraído el título de este modesto trabajo, en homenaje a quien también considero un Padre, por elección y adopción.
“Antes de doblegarse ante el autoritarismo de Luis Echeverría, Julio Scherer abandonó Excélsior en el momento en que este era considerado uno de los grandes diarios del mundo. Fundó Proceso, la convirtió en su trinchera y supo marcarla con un sentido profundo de justicia. Como periodista, el más grande vivo en México, a Julio Scherer no lo define una sino varias palabras: arrojo, desafío, honestidad, patriotismo, justicia, crítica, poder. Su hija María aporta algunas más: dulzura, amor. Por un lado, admiración por un hombre que ha buscado apasionadamente justicia y verdad; por el otro, amor por aquel que la guio con ternura y buen ejemplo.
Desde hace muchos años supe que algún día estaría sentada aquí… Accedí porque creo, como en una verdad absoluta, que no hay padre como mi padre.
De mi padre poco se sabe. Del periodista acaso algo más: los trazos que ha delineado en sus libros más intimistas. No ha sido suficiente para algunos estudiantes y varios periodistas que me han utilizado como intermediario para tratar de obtener una entrevista con él. Pronto dejé de pasarle esos mensajes. Su respuesta era fácil de anticipar: siempre era la misma… Mi padre ha insistido, y con razón, que por él habla su trabajo: sus entrevistas, sus reportajes. Se ha negado a cooperar cada vez que algún colega obstinado ha pretendido biografiarlo.
Creo que comprendí que mi padre era un gigante hasta que me matriculé en la universidad. Sabía, por supuesto, que era un hombre importante, querido y respetado... Casi todos mis maestros me interrogaban sobre él. Querían saber qué me aconsejaba, qué me confiaba sobre el oficio periodístico. La mayoría se alegraba de tenerme entre sus alumnos, como si yo emanara alguna de sus virtudes profesionales. Aunque sus preguntas eran repetitivas, me encantaba escuchar –las más de las veces– la admiración que expresaban.
Mi mamá murió un mes antes de mis quince años. Nos acompañamos en el duelo y mi papá cumplió con el doble rol de la única manera posible, colmándome de amor. Fue él quien me condujo por la vida de mi madre. La conocí a través de sus recuerdos. Me contó su historia mejor que ella misma.
Conservo en un lugar aparte esta tarjeta suya: “Que mi amor te alcance en el camino, te decía tu madre. Y su amor te alcanza en tus hermanos y en tu padre.”… Distingo dos de sus más amadas pertenencias: la foto de mi madre y una banderita de México. Manipula su vieja Olivetti (tiene dos idénticas, por si una se descompone). Los anteojos se le han resbalado y se balancean a la mitad de su nariz… No sé si interrumpirlo. Se ve muy concentrado. Al fin me decido y separo las puertas corredizas de su biblioteca.
–Hola, pa –le digo. Voltea hacia mí y se quita los lentes. Me sonríe, y toda la dulzura se condensa en un gesto… –Qué bonitos ojos tengo –me contesta, mientras mira fijo los míos. Siempre han dicho que tenemos los mismos ojos.
No olvido el 23 de marzo de 1994. Ese día, mi padre me enseñó que no hay promesa pequeña. Habían asesinado a Luis Donaldo Colosio: ¿Te quedas?... Tengo que volver a la revista… ¿Solo viniste a enseñarme la portada?... No, hijita. Vine porque quedamos para merendar. Vengo tarde, no me esperes.
En 1999 dejé la casa de mi padre para casarme. Fui la última, pero nunca tuve remordimientos de conciencia. Él aprecia la soledad. La necesita. Nos lo ha dejado bien claro.
Extraño muchas cosas de nuestra vida en común: su compañía única, su permanente buen humor, su conversación inagotable. Pero sobre todo me hacen falta sus incesantes muestras de amor. Prácticamente a diario –juro que no exagero–, mi papá dejaba una nota en mi buró. La colocaba ahí temprano en la mañana, antes de salir, o por la noche, cuando me encontraba dormida. Conservo muchísimas tarjetas suyas que dicen solo Te amo. Dos cajas protegen cientos más. Elegí una al azar, porque no puedo decidirme por ninguna. Escribió:
Hija preciosa: Ya no más amor, ya no tanto. Hay horas en que cubres mi pensamiento íntegro. ¡Basta!
Mi papá lleva años despidiéndose. “Cuando sea flor…”, nos previene. Por fortuna, he alcanzado la madurez a su lado. Justo ahora, cuando mi amor por él alcanzó su plenitud, es el momento: yo también quiero honrar a mi padre, que nunca será flor. Será árbol.”

Es la hora del adiós, en el trance de la despedida, de la muerte física y aun es tiempo de decirle al Padre de muchos que como yo aprendimos de sus ejemplos como periodista, escritor, editor: Gracias.

Mas yo quiero, en este momento, en que me invaden demonios de la tristeza, el llanto, el vacio y el desamparo, declarar que abrevo hasta en el último momento, de sus enseñanzas, como hombre, amigo, como Padre de Familia… amoroso… bello… y eso no, yo,  no lo sabía.

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