TELETON 2010

“yo no creo en Dios, pero si en Al Pacino”
Javier Bardem

Aún falta más de un mes, para ser testigos de la decimotercera ocasión que se celebra el ritual anual del TELETON, no obstante en esta semana, además de arrancar la campaña de publicidad masiva para convencer a la población de las bondades que significa la caridad pública, en apoyo de gente invalida o lastimada en cuerpo y espíritu, corrió el rumor, acerca de que Lucerito, la imagen de esta pingüe negocio con el sufrimiento y la pena ajena, de la desgracia nacional, del chantaje y vocación derrotista del ser mexicano, analiza la oferta de “algunos partidos políticos” para participar como candidata por el Gobierno del Estado de México.

El inicio del TELETON en México es una flecha clave que permite ubicar el principio del fin del México independiente y revolucionario, que este 2010 deberíamos estar celebrando todos los compatriotas, como puntos de referencia en nuestra historia. Es el antes y después de una época largamente anunciada. Es la irrupción de la tecnología mediática, de la intromisión grosera, abrupta y contundente del monopolio de la televisión en México. Fue un diciembre de 1997, en que tras los gestos apurados, sufridores y sobreactuados de los payasitos de la televisión; detrás de las máscaras compungidas y las frases repetidas por los vendedores de cremas y talcos retumban los jingles, hostigan los tímpanos sensibles de la faramalla y tinglado especialmente preparado para convocar a la donación y al altruismo, a la farsa y el embuste. Lágrimas, risas y amor, pero al dinero. Hace trece años, tras la masacre económica contra las clases medias nacionales, disparada deliberadamente por Ernesto Zedillo, para culpar y completar la obra de su antecesor Salinas de Gortari, comenzábamos a darnos cuenta de la nueva realidad. Subordinados a los Estados Unidos, económicamente anexionados, socialmente atorados en su tiempo, el nuevo horario de las finanzas; en su escala de valores, miedos y placeres gustosos. Un México noqueado, arruinado y económicamente esclavizado, que aún no podía reponerse de la marejada inaugural de muerte, de traición, ambición y engaño en 1994; de ruina y quiebra masiva, brutal, descarada, deliberada, decidida intencionadamente para que ocurriera de esa manera. Las consecuencias están diariamente a la vista: migración y desintegración social, muerte, jóvenes sin esperanza ni trabajo ni ganas, adultos sin espíritu, mexicanos obesos por la dieta de papas, bimbo y coca cola que la necesidad ha obligado e impuesto. Trastrocamiento de valores, sueños y realidades.

Menos aún de la contrarevolución acelerada de la vida nacional de 1995 y 1996. De la erección de una nueva superioridad superior. Derrumbe de la autoridad real, desplazamiento del símbolo origen que dio vida y destino a la nación, de la Presidencia de República pervertida y desplazada por la tiranía y despotismo de las mayorías y las riquezas monetarias. Sustitución descarada: del Tlatoani Azteca al Dios Rating, del Monarca Republicano, por el manager, el gerente al servicio de las partes hegemónicas del nuevo estado del poder. Cambio maquiavélico en la forma de dominio –anticipado por el florentino- tránsito del modelo del Gran Turco por el del Rey de Francia; de poder vertical a consensos horizontales, de fortalezas por debilidades.

La pantomima del TELETÓN inaugurada entonces es una recreación desfachatada de la nueva realidad política del país. Los ricotes haciendo de la caridad negocio, con el altruismo, la donación, y de los débiles espectáculo. Trasplante formal de la máxima norteamericana, de la divisa impresa en sus billetes: “In God we trust” (en dios creemos), en verdad significa que “The trust is our God” (el negocio es nuestro dios). Los gringos juran ante la Biblia todo acto público, cantan en su himno alabanzas divinas, bendicen cuanto acto cometen, porque así está escrito en su origen, en sus raíces, son sus bases y naturaleza corrompida, por la culpa y el remordimiento de haber asesinado, como en la tragedia de Edipo, pero en esta su historia a sabiendas, adoptado el regicidio cometido para repartirse las riquezas, el asesinato del padre.

A partir de 1997 los actores de la televisión comenzaron con descaro intencionado a traer al Jesús en la boca para saludar, despedirse, rogar, pensar, amar, odiar. Pero no a Quetzalcoatl o al Tloque Nahuaque, sino el Dios de las tierras de Canaán, dios poderoso que todo lo puede: salvar vidas, rescatar alcohólicos, pasar exámenes, maldecir bendecir, abusar, torear, educar, concebir, premiar, castigar y claro convocar, pedir, extorsionar y engañar. Antes del TELETON era mal visto la declaración religiosa, reservada para mujeres, enfermos y viejitos. La manipulación de la desgracia y enfermedad, en vez de premiar al éxito y esfuerzo. Del no me mueve mi Dios para quererte, el cielo que me tienes prometido (Santa teresa de Ávila) a la imposición forzada de creencias y dogmas particulares, venidas de muy lejos de México.

Por cierto ayer termino el concurso convocado por el canal History para encontrar al Gran Mexicano y reconforta saber que fue Benito Juárez el elegido por una mayoría electrónica, el “Beno”, el indio zapoteco, el pastorcito convertido en gran Presidente de México, cuatro veces presidente y justo vencedor de imperios ultramontanos y emperadores ultramarinos.

Hace 13 años comenzó el reemplazo deliberado de los valores republicanos, principio y origen fundacional de México, que son: agradecimiento, respeto, valentía, justicia, lealtad; a cambio de los vicios pregonados melifluamente por las oligarquías: solidaridad, compasión, tolerancia, humanidad y estado de derecho, baluartes camuflados de las columnas reales en que se sostiene toda la sociedad yanqui: homicidio, robo e incesto.


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