SUPER BOWL

KICK OFF: Este domingo se disputó el cuadragésimo quinto Súper Bowl o Súper Tazón y aunque es un deporte que me disgusta, las dimensiones y características que ha cobrado este encuentro en términos de audiencia, precios, mercadotecnia, espectáculo lo vuelven un punto de referencia y de análisis, además es justo reconocer que a veces este juego reúne algunos elementos que le asemejan al ajedrez, porque se trata de dos escuadras que se enfrentan y donde la sorpresa y el cálculo son claves para resultar vencedor. No obstante es un deporte en el que ante todo prevalece el uso de la fuerza bruta, para poder ganar.

Soy testigo del Super Bowl desde el primer encuentro que se transmitió en México y que al igual que en esta ocasión, resulto victorioso el equipo de la Bahía Verde. Tengo varias anécdotas en relación a este rudo juego, que me gustaría compartir con el público lector, todo sea con el objeto de reiterar que hay muchas otras distracciones y deportes en el mundo, aparte del tedioso futbol llanero, de la bufa que en el SurMex llaman Toros (replica mal hecha del mismo jueguito gabacho) nunca el arte supremo de la lidia de Toros, la Fiesta Brava Española y los mentados gallos del Palenque, emocionantes pero llenos de trampas, vicios, violencia, tranza y coyotaje.

PRIMERO Y DIEZ: Recuerdo muy bien la llamada telefónica, era la primera vez que mis padres viajaban a conocer los Estados Unidos. Invitados por mi tío José Luis, recién nombrado gerente de la sucursal de Mexicana de Aviación en San Francisco, mis papas disfrutaban del Golden Gate, cuando mi Padre se entero que se iba a ver por televisión, por primera vez en México, el juego del Súper Bowl. En realidad se trataba del segundo Super Bowl, el primero paso desapercibido para la mayoría de los aficionados, incluso en Estados Unidos.

En ese entonces, en México eran tiempos en que el deporte del ovoide prestaba su casa para el torneo de futbol profesional y América, Necaxa y Atlante se alternaban en el estadio de CU, con los equipos de Pumas, Poli Blanco y Poli Guinda. El antiguo estadio en la colonia Asturias, donde enfrentaban los equipos capitalinos al España y al Asturias se había incendiado o lo habían quemado, lo que marco la desaparición de estos clubes y el peregrinar de los equipos tradicionales de la capital. El Futbol Soccer entonces era un juego que de ninguna manera tenía la abrumadora audiencia actual y competía en preferencias, con el Béisbol de la Liga Mexicana y el Fútbol Americano. Eran épicos los encuentros entre PUMAS-POLI y en el DF al menos, mucha gente se emocionaba y sabia de este deporte estudiantil.

Recuerdo haber visto ese encuentro del Súper Bowl, cuando apenas cumplía 10 años y junto a mis hermanos, nos emociono ver dos gigantescas figuras que se movían hacia el centro de la cancha y se saludaban, vestidos con los uniformes de los Empacadores del Green Bay y los Raiders de Oakland. El resto de la transmisión no la entendí, me aburrió pero la vi. completa, porque mi Padre no pedía, ordenaba.

HOLDING: Al año siguiente, en las tertulias de un país muy feliz que se disponía a las vacaciones de fin de año, a partir de los últimos días de noviembre, para regresar a clases el 2 de febrero, como fue la rutina durante mis estudios, se hablaba y mucho del tercer Súper Bowl. Vida organizada de manera inteligente, para paliar los fríos en familia, disfrutar el fin de año en casa y celebrar las posadas, la navidad y reyes magos, modesta pero fraternalmente. El Súper Bowl era lo contrario, reflejo del modo de vida gringo, de gente laborando en temporada, la de fin de año para vender y vender y vender, mientras espectáculos como este del Súper Bowl entretenía tanto, como los múltiples tazones de fut americano colegiales, el de las Rosas, el del Algodón o el de la Naranja.

Pero el deseo de imitar a los yanquis era muy fuerte, sinónimo de estatus y calidad de vida y el siguiente año ya me consideraba un experto y entendía que la Liga Nacional, con muchos más años de experiencia que la nueva Liga Americana, estaban compitiendo por primera vez en este encuentro, que dirimía la superioridad de las confederaciones. Todos decían que la Liga Nacional con los Green Bay Packers de Vince Lombardi, los Cowboys de Dallas, los Osos de Chicago, los Acereros, los Colts o los Vikingos, eran infinitamente superiores a los Delfines, Jets, Raiders, Chiefs y nuevas franquicias, que apenas se aprestaban a buscar talento entre las universidades.

En el barrio, los “cuates” mayores, que todos los días jugaban en la calle, el Perro, Edgar, el Toño, Queña, nos enseñaron a los muchachos a jugar futbol, béisbol o fut americano según fueran días de Serie Mundial, juegos clásicos o del Súper Tazón. Jugábamos “tocado”, el balón era de hule inflado, de unos 25 centímetros, y la emoción era salir corriendo mientras Toño Guerra –el de mayor edad- decía que él era Len Dowson, Joe Kapp, Dareyle Lamonica, Roger Staubach, o el mítico Bart Starr, al momento de hacer jugadas y lanzar pases. El mejor día era el 25 de diciembre o el 31 de enero, en que todo mundo se asomaba a la puerta de su casa y al ritmo de danzones, risas y abrazos, en la mera Colonia Morelos, cuna del tradicional Barrio de Tepito, en plena calle, cuidando las ocasionales razzias de la policía, que levantaba a los mayores de edad y los encerraba en el Palacio Negro, así le decían a Lecumberri, a dos cuadras de distancia de Curtiduría y Penitenciaria, el barrio de mi niñez y juventud, nos organizábamos para jugar un “tochito”.

El tercer Super Bowl fue legendario, pues enfrentaron los Colts del inmortal John Unitas, contra un equipo que no parecía rival, los Jets de New York comandado por Joe Namath, que hizo la gran chica. Entonces comenzaron las transmisiones de los partidos de los Dallas Cowboys, de Bob Heyes, de “to tall” Jones, de Calvin Hill y cada fin de semana nadie se perdía un juego del equipo de la Estrella, comandado por Tom Landry.

TOUCHDOWN: Tengo la fortuna de que al hacer mis estudios de Preparatoria, un “scout” me vio y me invito a probarme con los Cóndores de UNAM, pues decía que podría ser un buen pateador. El primer entrenamiento me pusieron a jalar a un panzonzote atado a mi cintura y casi me desmayo, el otro día me dieron el ovoide y tenía que pasar, sin soltarlo entre dos gigantes que me tlaquearon inmisericordiosamente. Al tercer día me coloque el uniforme, los shoulders, musleras, casco y alguien, sin que yo viera me tomo una foto y la publico en un periódico especializado en el deporte de la tlaqueada. Cuando me entere, conseguí el diario que aún conservo y me retire para siempre de los emparrillados.

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