LOS JUEGOS QUE JUGABA DE NIÑO

Al escombrar uno de los rincones de mi biblioteca, encontré un paquete de periódicos que me regaló hace muchos años mi querida Mamá. Escondidos entre alteros de diarios nacionales, conservados por reseñar noticias de gran importancia histórica, mi Madre guardó  ejemplares de tres suplementos infantiles, porque sin duda, constituían la primera vez que aparecía una sección así en la prensa mexicana.
Ha sido un hallazgo fantástico. Es una señal que debo atender, porque me he topado con un don, amorosamente maternal, apenas unos cuantos días después de concluir mi formación en la Enseñanza del Ajedrez. La primera vez que me preocupo por zambullirme en el mundo de la pedagogía, de la didáctica y del aprendizaje metódico.
La realidad más bien, separada la metafísica de la lógica, es que el Seminario sobre el Ajedrez como Herramienta Pedagógica, recibido de la Fundación Kasparov, ha disparado mis cinco sentidos, atentos a todo lo que se relacione con la materia que me ocupa: desarrollar un taller semejante en la región, que incluya capacitación para el personal docente interesado, exhibición de simultaneas contra niños y niñas, y por supuesto, la presentación de los libros indicados para aprovechar de la mejor manera, las enseñanzas del Ajedrez: la única actividad que enseña a pensar y es muy divertido.
Los suplementos a los que me refiero son de tres diarios de circulación nacional, aunque uno de ellos ha desaparecido de los medios. Son secciones especiales que se publicaban cada domingo. El del Novedades se titulaba “Mi Periodiquito” y llevaba de subtítulo “Para el hombre del futuro” (para este diario no existían las mujeres y por eso quizás dejo de circular); el Heraldo le llamaba solamente El Heraldo infantil, en tanto que el mejor de los tres suplementos, era Mi Mundo, la sección que El Universal incluía semanalmente en un formato en doble carta, con buen papel y dibujos claros, grandes, con la portada en colores bien definidos, atractivos, muy coleccionables.
Es una herencia que descubro y que me provoca una dulce nostalgia, al recordar aquellas horas en familia, donde la educación era sinónima de saber, de leer, de razonar, con libertad e independencia. Encontrarme con estos recuerdos me llevó a entablar una conversación con mi hija Carmen, sobre los juegos que jugaba cuando era un niño. Los juegos que me enseñaron a ver la vida como un duelo, como una competencia. Porque el sentido del juego no es únicamente divertirse, sino que es el medio a través del cual uno se constituye como ser humano, se enseña a competir, a respetar, a ganar y perder, a reír y hacer equipo. No hay que olvidar que la palabra “Rival” proviene de la palabra "riva", y ésta de "río". Rivales eran las tribus indígenas asentadas en las márgenes opuestas del mismo río, considerado como río-madre, porque aseguraba las cosechas y supervivencia de esas comunidades. Se las denominaba rivales porque se alimentaban del mismo río.
Jugar es más que aquel descubrimiento que la sociología entreguerras (1938) intentara formalizar con el “Homo ludens”, del antropólogo Johan Huizinga y que a grandes rasgos postulaba que toda sociedad nacía y se desarrollaba a través del juego. Pero dejaré solo este apunte metodológico hasta aquí –me gana siempre mi formalismo y rigor analítico- y me dedicaré a tratar dos capítulos de este ensayo que me parecen más importantes y ojalá que sean para el lector de mayor interés, que un recuento puntual de la historia de la ludomanía o el hombre que juega.
Me abocaré primero a describir los suplementos infantiles encontrados en mi biblioteca; luego, me arriesgaré a plantear una hipótesis necesaria para entender la existencia de estos documentos, y su reaparición cuarenta años más tarde en las Cartas Sureñas; finalmente, me sumergiré en los recuerdos, en la autobiografía del niño que soy, en las tenebras de la historia personal.
Lo primero que se observa al comparar los tres suplementos encontrados, son que el tamaño de las secciones para niños de los periódicos Novedades y El Heraldo, son más pequeños que la mitad del periódico. En cambio, Mi Mundo de El Universal, era mayor al formato del diario y seguramente venía doblado en su interior.
La calidad de las impresiones es muy pobre en las secciones infantiles de Novedades y El Heraldo respecto a las de El Universal, pero donde se profundizan las diferencias es en los contenidos. El suplemento de Novedades alude exclusivamente al “hombre del futuro” y eso era un considerando ideológico en el diario perteneciente a la familia O’Farril, -socia de Telesistema de Azcárraga Vidaurreta- que como sucede ahora con muchos empresarios periodísticos (en general todo el periodismo “toluqueño”) son improvisados, oportunistas, asociados al poder.
Como si fueran secciones –y lo eran- para niños diferentes, estos suplementos inauguran una tendencia en la comunicación con el mundo infantil, cuando se observa que las páginas de El Heraldo, revientan de anuncios de Tutsi, Nucita, Pepsi, Marinela, Choco Milk, carros Avalancha, juguetes y muñecas Mi alegría, Choco jet, Scribe, una aerolínea texana. El periódico Heraldo es, desde entonces, un diario para la clase media alta, de supuesta modernidad y mimetismo. Antecedente totonaka de la revista ¡Hola!, para gente con poder de compra, consumidora y pretendidamente elitista. Sus contenidos incluyen el Buzón de Angélica María, historias de la NASA, caricaturas de Capulina y del Chapulín Colorado, así como un espacio para preguntas y respuestas al Santo, el luchador. Es mejor el suplemento de Novedades, que trata temas de gimnasia, arte y niños, timbres postales, niños genio y la única publicidad insertada en este medio, es la cartelera infantil en televisión, cine, teatro, radio y hasta discos. Un aporte hasta cierto punto útil, pero inútil, por el poder enajenante y dominante de la televisión.
En cambio, “Mi Mundo” de El Universal era otra cosa, que ya no existe. Una sección inspirada en los métodos de enseñanza–aprendizaje universales. Me llamó la atención ver cursos completos de Ballet clásico, de escultismo (probablemente pocos atenderán a esta actividad que de niño me ilusiono tanto, que me inspiró para emigrar, a vivirla diariamente en el rancho en Temascaltepec), una sección muy completa de aprender idiomas (básicamente el inglés), un apartado titulado ¿Qué quieres saber? y otro “el mundo de las Matemáticas” estaban extraordinarios, muy completos y didácticos. Contenía secciones, como “Piensa bien y acertarás” y una sobre aeromodelismo (mi Padre era un artista en eso de armar aviones a escala, pintarlos a mano alzada y lucirlos con orgullo). Mi Mundo contenía secciones de cuentos, fábulas, historias, leyendas, ciencia, el Universo, folclore, de animales, botánica, pasatiempos, juguetes en el mundo, efemérides, la entretenida sección titulada ¿Ya sabías?, otras de plantas medicinales y en forma de capítulos consecutivos, en los ejemplares que nos legó mi querida Mamá, se pueden leer “Ricardo III” de Shakespeare y “El Paraíso perdido” de Milton.
Biografías y apuntes sobre Oscar Wilde, Zapata, Hércules, Colón, Virgilio, La Ilíada, la Eneida, sobre códices mexicanos o una bella poesía que lleva de nombre “Dios único”, escrita por el Rey Poeta Netzahualcóyotl y que habla del Tloque Nahuaque, el Dios que está en todas partes y en todos nosotros. Los únicos anuncios que encontré en la sección infantil de El Universal, fueron las convocatorias al Premio Día del Niño, que regalaba 50 colecciones de libros a los ganadores en primer lugar y 14 segundos premios, de obras escogidas de Emilio Salgari… ¡Maravilloso!
Esta era la educación que recibíamos en México. Así se estructuraba la enseñanza y por lo tanto los alumnos formados en las escuelas oficiales, teníamos capacidad para saber y entender, bien y a fondo. La educación era parte y principio de un proyecto político mexicano que se basaba en lo mejor de la Revolución Mexicana, como valores supremos para gobernar y ser gobernados. Modelo político con rumbo y dirección extensible a los campos de la economía, la religión, cultura, diplomacia, los servicios sociales (salud, agua), energía eléctrica, los combustóleos. Todo estaba supeditado a un modelo de país libre e independiente, ajeno al país subordinado, injusto e inequitativo de nuestros tristes días.
Pero el apunte que disparó la nostalgia y me ha traído a exprimir el arcón de los recuerdos, fue uno que encontré, sobre cómo construir un “papalote” y luego volarlo. Allí me trasladé a mis años infantiles que fueron muy felices.
La vida en México a principios de los años 70’s era un asunto de tiempos y de ritos. Todo tenía un orden, regido por la naturaleza, por la duración de los días, la temporada de lluvias, los fríos invernales, los calores de verano y la temporada de otoño. Nada se hacía movidos por los mezquinos intereses comerciales. Cuando soplaban los vientos, era la señal de que llegaba la temporada de construir papalotes, cometas les decían otros y era todo un conocimiento preciso, tecnología estudiada, era el hilo de cáñamo y las maderas de balsa, resistentes y flexibles. Se requería mano firme y exactitud milimétrica para armar el papalote que podía ser un pentágono o un paralelogramo. Mi Papá una vez armó un papalote tridimensional, un paralelepípedo increíble, hermoso, pero que nunca voló, algo le falló a mi Padre, que como todos los Padres de los barrios populares de clase media, eran cercanos a los hijos y formados en la vida diaria, sabían hacer de todo, sabían usar las manos y las herramientas de cualquier oficio. Era un orgullo verlos trabajar.
Pero de todas las temporadas de papalotes, hay una que nunca olvidaré, fue aquel día, que construimos un hexágono de casi un metro de largo, entre Richi o “el perro”, el mejor cuate, de los “grandes”. Amigo invencible en las moquetizas, bravo y cabrón, futbolista y obrero en los Talleres Gráficos de la Nación. Nos ayudó mi hermano Beto y quedo perfecto el papalote, que se pegaba con engrudo.
Entonces subíamos a la azotea de la casa familiar, que con dos pisos de los antiguos, muy altos, sobrepasaba a la mayoría de las vecindades y casas habitación de la colonia Morelos, entre las calles de Sastrería, Albañiles y Penitenciaria. Pero lo mejor venía a continuación, porque elevar el papalote es una de las tareas que requiere sabiduría y paciencia; experiencia y paciencia, mucha paciencia para hacerle volar poco a poco, con pequeños movimientos de las muñecas de los brazos, hasta lograr que el papalote agarre una corriente de viento que de manera mágica, lo eleva naturalmente, a grandes alturas.
Pero el juego no terminaba con el triunfo volador. En todas las azoteas se veían otros muchachos elevando sus cometas y el cielo se pintaba de colores y de movimiento. Los papalotes necesitaban una “cola”, de trapos ligeros pero amarrados para que el artificio volador se sostuviera en el aire, sin moverse. Cuando la cometa alcanzaba lo mayor altura posible, entonces había que enviarle “cartas”, esto era un proceso a través del cual se insertaba un papel de regular tamaño (todo debía ser siempre calculado a priori), que empezaba a desplazarse con los devaneos del hilo tensado, y las peripecias del volador volante, poco a poco, subía por física simple, hasta alcanzar al papalote en las alturas.
Recuerdo que en esa ocasión, era tan bueno nuestro papalote que decidimos probar una travesura. Colocamos navajas “Gillete” partidas a la mitad, en los extremos de las seis puntas que conformaban el esqueleto de nuestro volantín y entonces era cosa de hacer “pelear” a nuestra cometa contra los de los otros vecinos. Había que dejar venir el papalote a toda velocidad, jalando y soltando por mera intuición, hasta que nuestra nave cortaba los hilos de los papalotes cercanos y entonces si era el momento de disfrutar de nuestro triunfo. Derribamos todos los “aviones” que competían por nuestro espacio.
Queda poco espacio para platicar de los juegos de las canicas, del trompo y del yo- yo, del balero, este último un juego difícil y peligroso por los golpes que se propinaban, todos aquellos que no eran artistas consumados en los “capiruchos”.
Me gustaba mucho el juego de las canicas, con un “hoyito” y el “chiras pelas”. Se requería gran destreza en los dedos de la mano y un gran cálculo, para golpear las otras canicas desde lejos o bien, aplicarle efectos precisos para que las “cuentas de vidrio” se detuvieran en el lugar deseado. Recuerdo que una vez, me enraché con un trébol azul, que parecía un obús, más que una canica. Le pegaba a varios metros de distancia a los ponches y agüitas de los otros jugadores (éramos jóvenes entre los 8 años hasta los 30…). Esa vez, mi canica azul me dio más confianza de la común y corriente y gozaba “matando” a lo lejos a mis adversarios. Hasta que, uno de ellos, Toño -de los “grandes”- sin darme cuenta, cambió su canica por un balín de acero. Fue una cosa increíble. Agucé la vista, apreté la cuica, solté el disparo, y entonces, como una fiesta de colores, estallo, ¡si estallo! mi canica en mil pedazos de vidrio, y todos reían anticipadamente, porque el sangrón que me tenía poseído, se quedaba sin su “tirito”.
Jugar a la “meta” y preparar autos de plástico rellenos de plastilina para correr mejor y con mayor control. Pintar la carretera, con gis a media calle, porque entonces no pasaban casi nunca automóviles. Usar los postes de luz como “porterías” -en el espacio que queda entre la pared y la banqueta- y con pelotas de plástico blanco, jugar las “cascaritas” de futbol, que era el juego deportivo mas practicado, casi a diario, excepto en el mes de octubre, cuando llegaba el tiempo de la Serie Mundial de Beisbol y entonces sacábamos los bats y manoplas, para pelotear elevados altísimos que muchas veces se perdían en azoteas de vecinos que no las devolvían.
El frontón, y las mañanas de cada 1° de enero de “tochito” obligado, quedaran para otros relatos, lo mismo que los juegos de “bote pateado”, encantados, y el burro saltado. Así como los inolvidables juegos de mesa, familiares por excelencia: el burro castigado, las damas inglesas, el “turista”, la Canasta uruguaya (toda una delicatesen familiar), el “basta”, serpientes y escaleras, la oca, por supuesto que el juego de la lotería –un orgullo en Tejupilco- la brisca -de todo Carboneras en Temascaltepec-, el Estratego, que me ponía en duelos frenéticos contra mi Papá y que perfiló mi pasión por el Ajedrez, a donde, debo reconocerlo, solo yo accedí, porque a los demás, les pareció muy difícil.

Mi Mamá me enseñó a jugar y mi Papá me enseñó a competir. Luis y Graciela, mis queridos Padres, seguramente estarán en este momento contentos, al saber que su vida no pasó en vano y que sus herencias, sus legados, han llegado a través de mi educación, a sus nietas, y que ahora me dispongo para que sus enseñanzas y costumbres, estén al alcance de todos los niños sureños del estado de México.



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