EL ESTADO Y LA CIUDAD DE MÉXICO

Discurso que no pronuncie… esta vez

Quiero contar en esta plaza pública mi testimonio personal. En este territorio sureño, en el estado de México a donde llegue a vivir hace 20 años, tras comprender que entre principios y razones no hay duda que alcance. Elegir la congruencia hace bien, a todos.

No es casual que yo este en este momento frente a ustedes. La historia que ahora nos ha tocado en suerte presenciar, dio inicio hace 37 años, bien lo recuerdo, el año de 1975 en que la Republica Mexicana se rompió y comenzó un periplo que esta a punto de acabar. Un episodio que tuvo su caja de resonancia, como siempre, en la capital de nuestro país, en la Ciudad de México, asiento de los poderes federales de la nación., a donde llego como premonición del evento político de este año 2012, el mejor exponente de lo peor que ha existido en el estado de México: Carlos Hank González ya era desde entonces precursor, divino patrono, colector de devotos, embajador del miedo, santo de la devoción de la clase política mexiquense, teólogo y pontífice ideológico de los aspirantes y de todos los suspirantes, representante y comprobación de que la palabra es creación y al mismo tiempo puede ser mortal. Porque el legado del “Profesor” germino con profundidad, en las arcas de la antigua ciudad de los palacios, hasta terminar por destruirla materialmente y arruinar moralmente a la ciudad toda. Como Jefe del DDF Hank convirtió a la capital de la República en un gran estacionamiento, para la felicidad de la industria automotriz, de la que era socio. Desmantelo el servicio de transporte publico, compro voluntades, corrompió la prensa y designo a sus lobeznos –Roberto Madrazo es uno de ellos- en puestos clave, para que se enseñaran a amamantar, a vivir del botín presupuestal. Porque en el PRI son corsarios, son piratas, son filibusteros.

Como parábola bíblica –y no digo que leo la biblia, porque no la leo- el ciclo de destrucción que inicia un mexiquense en la Ciudad de México, lo cerro por vez ultima otro de la misma calaña y del mismo terruño, de la misma manada: fue Oscar Espinosa Villareal el postrer exponente del PRI –y mexiquense también- quien por ultima vez se dedico a saquear las arcas públicas del DF. Nunca más.

Entre el de Tianguistengo y el de Valle de Bravo se completa y cierra el interregno de 22 años. Concluyo un ciclo devastador, de corrupción que llevo, creo yo, a una reacción de la naturaleza que hizo temblar en 1985 las conciencias. Que genero el despertar de la gente, aflorar los vínculos de amistad y de solidaridad social de los chilangos, de la ciudadanía que aprendió, comprendió y entendió.

Por eso, la primera vez que logro la ciudadanía del DF, la facultad de elegir su gobierno, opto por la izquierda, que es decir por los principios contenidos en lo más profundo de la historia nacional, en la constitución de 1917. A partir de 1997, todo cambio.

Reconozco sin ambages, que me provocaba vergüenza en 1988 vivir en el DF, a donde arribaba como maldición mayor Carlos Salinas. Me mude en febrero de 1989 a Temascaltepec y puedo afirmar, sin duda alguna, que de entonces a la fecha, las cosas entre el estado de México y la Ciudad de México han cambiado diametralmente. El DF sucio, desorganizado, estancado, manipulado de hace 25 años, ha dejado su lugar a una ciudad ordenada, solidaria, armoniosa, y con asistencia social. Los apoyos a la gente mayor se combinan con las becas a estudiantes, la educación gratuita y laica convive con las diversas opciones educativas, de todas las variaciones, profesiones o credos. Una ciudad cosmopolita que ha desarrollado formas de transportación publicas, combinadas con vialidades múltiples. Centro cultural, gastronómico, artístico que me complace disfrutar como visitante: la ciudad donde nací, crecí, estudie, es ahora atalaya de museos y restaurantes, de comercios y librerías, teatros y estaciones de radio, de todas clases y a todas horas

La capital de México, modelo, polo de desarrollo, primogénito de la Republica, más que nunca es resultado de la acción de los gobiernos elegidos por la ciudadanía. Atrás han quedado las leyendas de Uruchurtu y Casas Alemana. En hora buena nos ha tocado ser testigos unos, participar todos en la acción política del Cuauhtémoc Cárdenas, de Andrés Manuel López Obrador, de Alejandro Encinas y de Marcelo Ebrard.

En contraste, ha ocurrido todo lo contrario en el estado de México, a donde decidí venir a vivir. Los paisajes de armonía y de concordia, de producción y organización que me sedujeron entonces, que me animaron a mudar mi residencia, se transformaron en migración, quebrantos, desempleo, desintegración familiar, economías de subsistencia, violencia inimaginable y esperanzas puestas en el mantenimiento de las dispensas gubernamentales, o de las remesas allende las fronteras.

Sin oportunidades ciudadanas, con economías atenidas a la buena voluntad de la administración pública estatal, a las artimañas de los burócratas municipales. Niños y jóvenes esclavizados a una educación, de la peor calidad que he conocido a lo largo de mi vida. Sin cultura, teatros, sin estaciones de radio, ni prensa libre. Imperante el desempleo, deforestados los bosques, abandonado el campo. Mal educada la gente con palenques, plazas y “guerras de chistes”, la vida en el estado de México no es vida, en realidad: es sobrevivencia.

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